domingo, 8 de diciembre de 2013

Una navidad largamente esperada

Hola a tod@s
Espero que estén disfrutando de la temporada más festiva del año. Hoy les regalo este cuento inspirada por el espíritu navideño. Disfrútenlo!!

UNA NAVIDAD LARGAMENTE ESPERADA


El tiempo había transcurrido muy lentamente, o al menos eso sentía Celia. Como cansados ancianos los meses del año se habían literalmente arrastrado, hasta llegar al último de ellos, Diciembre estaba ahí, y ya iniciaba su agónica caminata hacia el final del año. No era de extrañarse la ausencia total de espíritu navideño en Celia, pues desde pequeña estaba acostumbrada a pasar sin pena ni gloria la temporada de navidad y fin de año, más ahora que a sus 55 años, ya marchando en las filas de la edad madura, y con una artrosis implacable, su ánimo no estaba para festejos.
Sin embargo, la llegada de Diciembre fue inevitable, y con él arribaron también el bullicio, las luces, el jolgorio y la espiritualidad como compañeros inseparables del mes esperado con ilusión por tantos, pero que en la adusta mujer solo despertaba un sentimiento de fastidio e incomodidad ante la inevitable salida de la rutina que traía consigo la temporada más festiva del año.
Muchos años atrás, y cuando Celia era muy pequeña e inocente para conocer la injusticia y la mentira, la soleada mañana de un 7 de diciembre había salido junto con su madre a comprar los faroles y velitas para alumbrar el amanecer del día siguiente, fecha en la que en su natal Barranquilla se celebraría la fiesta de la Inmaculada Concepción con el populoso nombre de "el día de las velitas". Todos esperaban con afán la fecha pues brindaba motivo de festejo para todo tipo de público; para los niños era la oportunidad perfecta para levantarse antes de la aurora a encender las velitas, colocándoles faroles de colores vistosos y con ellas prender también los traqui traquis, cebollitas, totes, luces de bengala y volcanes de luces de colores; para las señoras rezanderas, finalizaba la novena de la Inmaculada Concepción de María y era el último día del rosario de la aurora; y para los parranderos era el remate perfecto para la fiesta de la noche anterior, cerrando con broche de oro los tragos de la noche con un desayuno de chicharrones con yuca, y prendiendo las velas en la puerta de la casa.
Celia y su familia también esperaban el amanecer del día siguiente, y quizás para acelerarlo, la niña se fue a dormir más temprano que de costumbre, quería que llegara el alba rápido para ella también levantarse a encender las velitas y prender los volcanes y totes que le había comprado su madre por exigencia de su padre quien había dejado dinero haciendo énfasis en ello. Hacía algún tiempo que  había notado un distanciamiento entre sus padres, antes tan cómplices y cercanos, de unos meses a esa fecha, su madre se había vuelto lejana, callada, siempre sumida en misteriosas cavilaciones; mientras su padre se veía desesperado y azorado, en su pequeño mundo aún no había la malicia necesaria para entender el complicado mundo de los adultos, más intuía que algo desconocido estaba a punto de hacer tambalear su sencillo universo. Aquella navidad había sido muy esperada por Celia, pues a pesar del extraño comportamiento de sus progenitores, su padre le había prometido la casa de muñecas con la que ella soñaba desde hacía mucho tiempo, él no iba a mentirle, él había prometido que en la noche de navidad le entregaría el regalo deseado, y ella lo conocía muy bien, él no le fallaría.
Aquella noche se durmió soñando con la hermosa casa de muñecas y el rostro de su querido y afanado padre, recuerda que en medio de las sombras de la noche su madre la incorporó para darle un beso y llevarle su medicina para la tos y hacerla beber un poco de agua, ávida y sedienta bebió la azucarada solución y el vaso de agua y volvió a dormir con una sensación de paz y de felicidad.
Un golpe de sol pasando como a través de un cristal taladró sus párpados cerrados y un acalorado vaivén la mecía de un lado a otro en medio de un ambiente sofocante, haciendo un esfuerzo abrió los ojos y se vio en brazos de su madre en pleno viaje de autobús. Celia solo recuerda el apretado abrazo de su madre y sus palabras explicándole que habían tenido que irse de casa, pues su padre se había emborrachado y quería hacerles daño. En su mente infantil no había espacio para la magnitud de tan horrible declaración, solo cabía la certeza que nunca más vería a su padre y que la navidad esperada  había desaparecido y junto a ella la esperanza de tener la anhelada casa de sus sueños.
Celia y su madre iniciaron una nueva vida en un pequeño pueblo del interior del país, del calor de la costa pasaron al frío del páramo, y poco a poco la niña se acostumbró al violento cambio, desde entonces la navidad se convirtió en una fecha incómoda para ella. De más está decir que el traumático suceso la convirtió en una mujer fría, poco dada a creer en las personas. Su madre nunca quiso durante todos esos años explicarle a fondo las razones de su decisión, llevándoselas a la tumba, 
y ella tampoco tuvo deseos de conocerlas, solo había quedado la sensación de un vacío inmenso donde alguna vez hubo algo muy grande.
Los años pasaron, y Celia en medio de su soledad arrancaba hojas en los calendarios hasta llegar en medio de un fastidio inevitable al  para ella desagradable diciembre. Ese año no iba a ser distinto a todos los anteriores, simplemente trataría de mantener al máximo su rutina diaria y sobreviviría al bullicio y al acelere de los 31 días de aquel mes. En lo que concernía a Nochebuena y Año nuevo, la estrategia sería la misma: irse a la cama temprano. La noche de Navidad se disponía a acostarse cuando sonó el timbre de la puerta, se extrañó pues no esperaba a nadie y los pocos amigos que tenía sabían que no acostumbraba celebrar esas fiestas. Se dirigió con paso receloso y colocando la cadena de seguridad abrió la puerta para encontrarse con un hombre joven de rostro atractivo y de impecable aspecto.
-A la orden.-dijo con tono inseguro.
-Buenas noches, eres Celia Miranda?
-Si, soy yo con quien tengo el gusto?
-Mi nombre es Jaime Miranda... y soy tu hermano.
A punto estuvo de cerrar la puerta de un golpe cuando algo increíblemente familiar apareció en los ojos de aquel hombre impidiendo el portazo.
-No sé si me arrepienta, pero será mejor que entre.
Abrió la puerta para darle paso a su supuesto hermano, era de alta estatura, muy atractivo y se le veía la apariencia de persona adinerada, al entrar tomó asiento en la primera silla que encontró.
-Verás,- inició Jaime,- mi padre era Gabriel Miranda, yo tengo 35 años, tú 55, tu madre te arrebató del lado de mi padre cuando tenías 6 años, te llevó muy lejos en medio de la noche, abusando de un antihistamínico para la gripe que te habían recetado y que te causó la somnolencia que ella necesitaba, en aquellos días mi papá trabajaba horas extras de noche en una fábrica para poder cubrir con los gastos pues la situación financiera se había vuelto insostenible. La noche del 7 de diciembre,aceptó el turno ya que por ser un festivo le pagarían el doble. Estaba impaciente por llegar de madrugada a encender las velitas contigo pero encontró tu cama vacía y ni rastro tuyo ni de tu madre, solo esta carta que tu madre le dejó y que espero traiga toda la claridad que mereces.
Temblando; Celia tomó entre sus manos el amarillento papel guardado por 34 años, reconoció la caligrafía elaborada de su madre.
Gabriel:
Cuando leas esto ya me habré ido lejos con Celia, sabes lo tensa que ha estado nuestra relación últimamente, me siento aburrida de todo, para mi es muy duro pasar tantas necesidades y carencias, faltándonos tantas cosas, creo que hay algo de pobreza de espíritu en tí, veo que solo te conformas con ser un obrero en la fábrica y no vas más allá, mientras todavía me quede algo de amor, prefiero irme y llevarme la niña, acepté un empleo que me ofrece una amiga de infancia en otra ciudad y me marcho. Te pido que no nos busques si algo de amor le tienes a tu hija, y déjame buscar para ella mejores horizontes.
Deseo que te vaya bien en  todo.
Lucy.
Un frío  glacial la recorrió mientras las lágrimas caían a raudales empapando el viejo papel. Jaime se levantó abrazándola.
-Celia todo esto fue muy difícil para mi padre, cuando tu madre te separó de él,  mi padre no era más que un hombre muy pobre sin recursos económicos de ningún tipo, pasaron muchos años cuando conoció a mi madre e inició su vida junto a ella, yo nací entonces y se dedicaron con mucho sacrificio a sacarme adelante, estudié y me hice a una brillante carrera. Tuve los mejores padres del mundo, pero me entristecía ver la melancolía en el rostro de mi padre sin saber el motivo. Hace 2 años antes de morir, me contó la historia, me entregó la carta y me pidió que si algún día yo te encontraba te dijera la verdad, te enseñara la carta y si estaba en mis manos hacerlo cumpliera por él un deseo tuyo que la fatalidad no le  permitió realizarlo.
Ya en esas instancias, las emociones habían derretido el hielo del corazón de Celia y sus lágrimas bañaban su blusa, solo se dejó llevar abrazando fuertemente a su recién conocido hermano quien aún le tenía reservada la mejor de las sorpresas.
-Hermana, mi papá no pudo comprarte la casa de muñecas porque te arrancaron lejos de él, pero en cambio, hoy, en su nombre quiero que aceptes esto:- tomó sus manos colocando entre ellas un llavero.
-Estas son las llaves de tu casa, la casa de tus sueños, la he comprado para ti, acéptala como si la recibieras del padre que la vida y la injusticia te arrebataron.
Aquella noche, Celia tuvo al fin la Navidad por la que había esperado tantos años,  la vida le reponía por medio de un hermano, al padre que injustamente le arrebataron, la verdad había llegado trayendo paz al fin a su espíritu y después de tantos años su amado e inolvidable padre cumplía su promesa: la casa de sus sueños de niña...para Celia, la Navidad largamente esperada llegó finalmente.

FIN

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