martes, 30 de agosto de 2016

CONFESIONES DE UNA MAMÁ ESCRITORA



Suele pasar que las personas asocien al escritor con alguien que fuma sin parar, toma barriles de café, y bebidas alicoradas por supuesto.Si es hombre debe tener una barba de varios días sin afeitar, y si es mujer debe ser algo desaliñada con el cabello recogido en un moño al descuido (por descuido verdadero) y en general debe, por regla de tres tener un aspecto zorombático, despistado, perdido en el horizonte de sus divagaciones y las de sus personajes. Preferiblemente es un ser nocturno, de horario invertido, pues seguramente pasará el día durmiendo para estar con sus facultades "a tono" cuando caiga la noche. Estas características le confieren al escritor un aire de excentricidad, mística y misterio que lo hace diferente a los demás y en cierta forma interesante.
Esta imagen preconcebida del escritor quizás se instaló en el "chip" mental de mucha gente, cuando en la época del "boom latinoamericano" muchos de los grandes exponentes de nuestras letras se ajustaban en parte o totalmente a esa descripción. También, un poco antes, los años sesenta dejaron una pauta que siguieron muchos, no necesariamente escritores o artistas.
Para aquellos que aún piensan de esa forma, siento desilusionarlos, y en este post expondré mi caso sin ninguna reserva, y en nombre de todas aquellas mujeres que como yo luchamos por defender nuestra pasión por la literatura en medio del barullo diario de vocecillas que gritan !Mamá! en todas las tonalidades. He aquí el mito del escritor y sus rarezas, derrumbado por mis confesiones: las confesiones de una mamá escritora.

CONFESIÓN #1.
No escribo todos los días.
Y cómo podría hacerlo? con un hogar que llevar, tres hijos que cuidar (Jesús David de 15 años, María José de 13 y Carolina del Mar de 3) además de un trabajo con el que cumplir, es berracamente difícil poder escribir a diario, pero aprovecho cualquier espacio de tiempo disponible para hacerlo. He tenido que hacer ajustes, por ejemplo: no acepto empleos en los que tenga que cumplir horarios estrictos. Desde hace varios años trabajo por metas que cumplir, eso me permite poder estar en casa para ayudar a los chicos en sus tareas escolares, compartir sus experiencias, así como tener jornadas de soledad algunas mañanas, en las que café en mano (única característica de referencia en la que encajo)  puedo dedicar varias horas a escribir en los dos blogs que manejo, trabajar en mis proyectos literarios o nutrirme leyendo, que es mi otra gran pasión. Me he vuelto una fanática de los libros electrónicos, por la facilidad de descargarlos desde mi Ipad o mi celular y leer en cualquier parte, (en la consulta del pediatra, en el parque de nuestro conjunto residencial mientras Carolina del Mar juega). Esto, sumado a que se ahorra espacio en casa (ya no cabíamos con tantos libros), comprar libros electrónicos sale mucho más económico y llevas tu biblioteca a todos lados. Por esta razón lo próximo en mi lista de adquisiciones será un dispositivo de lectura (e-reader) que me tiene enamorada. Hay sitios web como kobo donde es posible conseguirlo a buen precio, y además todos los e-books que quieras desde menos de US 1.99.

CONFESIÓN #2
No tengo un sitio especial para escribir.
Sueño y no les voy a negar, con tener un estudio con una biblioteca de pared a pared y un escritorio grande donde repose en un porta retrato las fotografías de mi padre (mi ángel en el cielo), la que me tomé en la tumba de Oscar Wilde en París, y una de mi querida familia, con un computador e impresora para mi uso exclusivo y personal, rodeada de un ambiente de silencio y absoluta paz. 
En contraprestación a todo lo anterior, dispongo de un pequeño escritorio en mi habitación con computador e impresora compartida con mis hijos. Así que cuando estoy en medio de un proceso creador suele pasarme que soy interrumpida quinientas veces para imprimir la tarea, usar el computador porque lo necesitan "urgente", a pesar de tener sus tablets, y su pequeño laptop...no...ellos quieren el de mi habitación porque "es más grande". Escribo en medio del campo de batalla, con los chicos interrumpiéndome para mostrarme que les ha salido un nuevo grano en la cara, preguntarme por sus jeans nuevos, o por los zapatos de educación física, con el contacto de una mano pequeñita que se posa en mi brazo haciéndome girar y encontrarme conque alguien necesita que le limpien los mocos. Algunas veces, escribo con el sonido de fondo de algún capítulo de Peppa Pig o La Doctora Juguetes. Por las noches, cuando escribo, tengo de banda sonora los ronquidos de mi amado esposo durmiendo a pierna suelta en la cama detrás de mi escritorio. He terminado por tomar el pequeño laptop de mis hijos para sentarme a escribir en la mesa de la cocina. 


CONFESIÓN #3
Amo escribir, pero amo más a mis hijos.
He dejado de cuestionarme y de darme palo por no terminar todavía una novela que me ha tomado mucho tiempo, por no estar en todo momento publicando en mis páginas en las redes sociales como otros, que no sé cómo le hacen pero parecen vivir únicamente para ello. He dejado de decirme que se va pasando el tiempo y mi productividad literaria no va a todo vapor sino a un ritmo pausado, mientras que otros pareciera que no dejaran de arrojar al mundo sus obras. He encontrado que escribir es un acto que no conoce de términos ni plazos, sino de un corazón dispuesto a latir a su propio ritmo, el mío sigue el compás de los pasos de mis hijos, de sus risas, de sus preocupaciones, que para nosotros son pequeñas, pero para ellos gigantes que sólo pueden vencer con mi apoyo incondicional. Sé que puedo aplazar un día el escribir, pero no puedo aplazar un abrazo o un beso en una rodilla raspada, o una noche al lado de una cuna porque mi pequeña tiene fiebre. Mientras tanto, sigo mi labor de educadora, formando y sembrando la semilla de la literatura en ellos, lo he hecho desde que eran unos bebés y les leía cuentos de pocas letras y grandes imágenes, abonando la semilla que ya ha empezado a germinar de forma maravillosa en cada uno de ellos. 

Crezco con ellos, y hace poco leí este artículo en masmagazine que les comparto y que es tan cierto y apropiado, ya que te hablan de 5 libros infantiles que deberías releer de adulto. El año pasado, mi hija María José tuvo que leer El Principito para su escuela. El libro terminó en mis manos y encontré en él una forma distinta de ver la vida, afiancé mi filosofía actual en cuanto a la grandeza de las cosas pequeñas y sentí que voy en el camino correcto...amando a un sueño, pero amando más a las personas con las que comparto ese sueño.








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