jueves, 27 de abril de 2017

EN HONOR A LA INOCENCIA. !CON LOS NIÑOS Y NIÑAS NO SE METAN!


Como todas las madres y mujeres colombianas, repudio con toda el alma los hechos aberrantes de violencia y abuso contra los niños y niñas, que han sacudido en los últimos meses a nuestro país. Aunque los casos de Yuliana y los más recientes: el de Sarita en el Tolima y la bebé de tan solo cuatro meses de edad en el Meta, por lo atroz de los crímenes y por la fuerza mediática, han impactado a la sociedad entera, tenemos que afrontar la terrible realidad de dos niños abusados cada hora, según estudio basado en los datos ofrecidos por el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses. El mismo estudio arroja la aterradora cifra de 39 niños o niñas abusados sexualmente a diario en nuestro país. El principal escenario es el propio hogar.

Ante todo este panorama de horror, qué podemos sentir como padres? El abanico de posibilidades va desde el dolor hasta la rabia pasando por la impotencia y el odio hacia quienes son capaces de cometer estos crímenes espantosos contra aquellos que sólo merecen ternura, cuidados y afecto.
Sin embargo, como madre de tres hijos, hay un sentimiento que gobierna en medio de todos y es el miedo. Miedo de levantar las nuevas generaciones en medio de esta sociedad enferma, miedo a no cuidarlos adecuadamente, miedo de los monstruos libidinosos y enfermos que acechan en la oscuridad, miedo a confiar, miedo a equivocarme, miedo a no corregir a tiempo...miedo, miedo, miedo.

Sí, Miedo. Porque al estrellarnos con cifras como éstas que nos muestran más de lo que vemos a diario en los medios, es inevitable no sentirse asustado. Nuestros niños, niñas y adolescentes corren múltiples peligros: los conocidos, los desconocidos, los familiares, las redes sociales y sus juegos del infierno como el de La Ballena Azul. 

Qué podemos hacer al respecto? Ante el peso de la realidad que nos golpea, sólo quedaría además de pedirle a Dios su cuidado, ejercer como padres y madres nuestra labor de centinelas de la vida de nuestros hijos, pelear por sus derechos y su protección y exigir por medio de los mecanismos de participación ciudadana, que se haga lo que constitucional o legalmente deba hacerse para que al menos la justicia pueda ejercer castigos ejemplares para aquellos que se atrevan a atentar contra el tesoro más grande de esta humanidad: los niños.

Anoche mientras hacía trenzas en los largos cabellos de mi hija adolescente y en los no tan largos de mi pequeña de casi cuatro años, nació en mi corazón de madre adolorido por tantos horrores, la inspiración para este poema que dedico a todos los niños del mundo: a los que tienen la fortuna de ser amados y cuidados, a aquellos que tienen que sobrevivir entre el descuido, los abusos y el maltrato, y a aquellos que han sido victimizados a pesar de haber sido amados y cuidados.

Por último en este ya próximo Día Internacional del Niño, el mejor regalo que podemos darles además de nuestro amor, es nuestro extremo cuidado y protección, hasta el día en que puedan volar de nuestro nido con sus propias alas.


EN HONOR A LA INOCENCIA

Vestida de súper héroe o princesa
con zapatos de goma, camina la inocencia.
En el lugar donde deberían ir las alas
se ajusta un pequeño morral.
En la cabeza una cinta rosada
si la que marcha, fuertemente custodiada
es la dulce princesa  del reino de papá.
Tal vez  lleva una gorra, unos rizos enredados
o un pelo al rape, la carita un poco sucia
si se trata del caballero de mamá.
Quien tiene a uno de estos angelitos
sepa que es la inocencia la que vive en su hogar.

A la inocencia le gusta salir de paseo,
algunas veces va de uniforme escolar,
otras, de bailarina o consumado deportista.
Unos seres amorosos llamados papá y mamá
cuidan de ella con santo celo.
La visten, le enseñan  cosas con paciencia extrema
cuidan que de dulces no se exceda, 
y su plato colman de nutritivos manjares.
Por las noches, después de un largo día de juegos, 
con un beso y una manta, a la inocencia arropan,
unas tibias manos amorosas la acarician
y una cristalina voz le lee un cuento.

Yo misma tengo en mi casa tres de ellas,
las dos primeras han crecido entre mis manos,
la última es pequeña todavía.
La inocencia está en mi casa! Qué honor y privilegio!
yo la miro, la bendigo, le canto, le cocino,
le enseño las letras, jugamos juntas sentadas en el suelo,
escucho sus problemas, pequeños para mí
enormes para ella. Importantes asuntos de cuatro años.
"Dime mami, ya me creció el cabello?"
"me parezco a rapunzel?"
"hoy no quiero ir al colegio"
"no quiero el brócoli !es muy feo!"

Y cuando tienes el honor de cuidar a la inocencia
cuando hay juguetes y colores regados por tu casa,
y el canto de "la rueda rueda de pan y canela"
te sientes de su historia la heroína,
y no hay nada...nada que por ella no harías.
De repente...ya no eres madre de una sola criatura, 
ni de dos o tres, sino de todas ellas,
porque la sangre en las venas se congela
cuando ves sufrir a una, aunque tuya no lo sea.
Criaturas celestiales, pequeñas e indefensas
el dolor de una, es el dolor
de las madres de toda la tierra.

En este mundo, cruel y duro
la inocencia, también va desnuda.
Sin zapatos de goma, con hambre y con frío
sin nadie que la cuide, sin nadie que la quiera,
ni la arrope, la arrulle o le lea un cuento, 
a cambio solamente encuentra el miedo, 
o una garra inmunda y maldita, que en la noche,
la destruya lentamente, o de tajo
le arranque su valor y hasta la vida entera.
Seres sin alma, monstruos al acecho
que no merecen de estas líneas ni un verso.
Que los perdone Dios! porque las madres...No podemos!

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